
Siempre queremos controlarlo todo, llegamos a casa, miramos quien hay y nos sentamos en el sillón como gato panza arriba, con los mandos del televisor, el stereo, el DVD y, si te descuidas, hasta de las persianas.
Cuando encendemos la tele, esta nos acribilla a anuncios que lo único que pretenden es hacernos creer que si consumimos obtendremos el control de lo que poseamos.
Hace poco hablaba con un amigo que conoce de primera mano los datos de audiencia de televisiones etc, etc. Mi amigo me contaba que determinada cadena era la que más audiencia tenía y, paradójicamente, esta cadena es la que más anuncios emite y mayor número de noticias de sucesos en sus telediarios.
La lectura es simple, el mundo nos enseña que no todo esta bajo nuestro control, pero, ¿nos lo creemos? ¿Nos creemos lo que nos dice el sentido común o lo tapamos bajo el halo del consumismo, bajo el halo de nuestras “posesiones”?
Si, todo indica que no controlamos lo que nos rodea y muchas veces ni siquiera nos podemos controlar a nosotros mismos. El control de nuestro entorno es imposible por más que la ciencia y la técnica avancen. De la misma manera la muerte nos sorprende fortuitamente y, por otro lado, tampoco podemos elegir cuando venir al mundo. ¿O alguno lo ha podido elegir?
¿Y nosotros nos controlamos? Los sentimientos nos dominan constantemente, nadie puede negar haberle gritado a alguien que le sacaba de quicio; o tratar de forma injusta al cargante. Tampoco puede negar nadie nuestra gran facilidad para meter la pata, casi sin darnos cuenta, sin querer. De hecho San Pablo dijo en la carta a los romanos: “no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco”. “no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero". Y Rousseau, para que no me digan que estoy muy clerical, decía en el Emilio: “yo quiero y no quiero; me siento esclavo y libre a la vez; veo el bien, lo amo y hago mal; soy activo cuando escucho la razón, pasivo cuando me arrastran mis pasiones, y cuando sucumbo, mi peor tormento es sentir que pude resistir.” Y es que nos es verdaderamente difícil dominarnos, si no fuera así nadie obraría mal si no por maldad. Nadie necesitaría pedir perdón ni tendría siquiera remordimientos. Esto plantea nuevas preguntas ¿Somos libres?
La sociedad nos dice que si, pero ¿debemos fiarnos de la sociedad? ¿De esa sociedad que nos vende productos que nos esclavizan más que hacernos libres realmente? Esa es la sociedad del siglo XXI, la sociedad que nos pide que compremos porque de ese modo, ya que no podemos controlar nuestra propia vida, al menos controlaremos Nuestro maravilloso X.
Así pasa no sólo con los productos materiales, también con las ideas, ¡con los ideales! Prostituyen los ideales haciendo que ya no valgan y cayendo en un relativismo y un nihilismo salvaje. Ya nada significa lo que significa y lo que aún tiene significado no sirve para nada y es causa de la estupidez de algunos de creer que existe algo. Para la sociedad de hoy ya nada existe. Los sofistas del siglo XXI se sacan de la manga nuevos derechos y, es curioso, todo derecho tiene su contrario. Y que nadie se atreva a poner en duda algún derecho y defender la verdad; ese será tachado de fundamentalista, retrógado y será apartado de la sociedad, cualquiera de sus opiniones estarán mal fundadas y este será motivo para masacrarle, eso si, de forma democrática. Es el “todo fluye” de Eráclito. Parece ser que no somos tan modernos.
Entendemos la libertad como la capacidad de hacer lo que nos de la gana cuando queda demostrado que eso no es así, que no controlamos lo que podemos hacer. Entendemos mal la libertad. La verdadera libertad no está en el exterior, en controlar nuestros movimientos, nuestras capacidades o nuestras “opciones”. La verdadera libertad está en hacer lo que está bien, la verdadera libertad está en hacer lo que queremos hacer realmente, la verdadera libertad es actuar como debemos. Si no actuamos como debemos lo que somos es idiotas, no libres. Esta es la libertad que la sociedad busca, esta es la libertad que la sociedad no encuentra en sus compras ni en el avance científico-técnico, ni siquiera es su tan “libre” sociedad “democrática”, ni en la “liberación” sexual.
Nuestra sociedad está basada en el consumismo porque no somos libres, porque estamos buscando la libertad en el control material de las cosas y no en nuestros corazones, en nuestra razón y en nuestra alma. Es ahí donde está la libertad y con ella la felicidad. Es ahí, en el no engañarnos, en el ser sinceros con nosotros mismos y no dejarnos llevar por el placer, el interés o la apetencia si no en hacer lo que realmente nuestra alma necesita. Hacer lo que realmente nos va a causar goce, el Bien. Un bien objetivo grabado en nuestra conciencia y en nuestra razón a la que ahora engañamos y pervertimos corrompiéndola tanto que lo hemos perdido de vista subjetivizándolo todo. El Bien objetivo existe, solo tenemos que quitarnos de en medio para poder verlo.