Vivimos en un mundo de apariencias, de imagen, de impulsos, de emociones. Todo tiene que ser rápido y ya. No hay lugar para el saborear de un momento porque no tenemos tiempo. Todo es como el Ketchup. Sabores fuertes, comida rápida. Todo se basa en llenar rápido el estomago, saciar los apetitos del cuerpo de forma rápida y disfrutando sin esfuerzo.
El problema viene cuando el disfrute es insuficiente. El problema viene cuando hacemos cosas pensando en lo próximo. El disfrute, la pureza de los sentidos, el sabor del tiempo, de la naturaleza y de las cosas sencillas, sin aditivos, sin química; todo lo ha tocado alguien antes para “mejorar” su esencia. Yo me pregunto si de verdad mejoramos ciertas cosas. A veces ese afán de mejora y de progreso nos hace retroceder olvidando de donde venimos, quienes somos y a donde vamos. A veces ese afán de mejora nos priva de la pureza de los sentidos, de los sentimientos, de las emociones y de los pensamientos que vienen “de serie” en lo natural. A veces el "progreso" elimina los sentimientos, y la humanidad del hombre volviendolo calculador.
Quizás deberíamos plantearnos una vida más “slow food”, menos artificial, más sencilla, con menos química de por medio.
3 comentarios:
¡Qué buena entrada! Y el dibujo es ¡fantástico!
¡Tomaré nota, Miguel!
Slow food... ¿Una paella? Muy buena entrada. Un saludo.
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